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Dónde hospedarse en la Ciudad de México

Desde hace varios años, octubre se ha caracterizado por ser un mes de grandes conciertos y espectáculos en la Ciudad de México; de ahí el sobrenombre de “Rocktubre”. Este 2016 no ha sido la excepción. Desde los primeros días del mes, formidables talentos del rock británico nos agasajaron con su música; baste mencionar los nombres de bandas como Radiohead o The Who y de músicos que ahora se presentan en solitario, como Roger Waters. Y esto apenas ha sido el principio.

Para el resto del mes, así como para noviembre, también se esperan importantes eventos; por ello no es raro que muchas personas viajen desde otros estados de la república y hasta de otros países, para disfrutar todas las actividades artísticas y culturales que ofrece la ciudad.

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Si te cuentas entre esos fanáticos de la música, el arte o el deporte que no dudan en hacer las maletas y tomar el autobús o el avión para ir a donde tenga lugar su evento favorito, probablemente una de tus principales inquietudes, luego de reservar las entradas y el transporte, sea el hospedaje.

Por fortuna, la Ciudad de México también brinda una gran variedad de opciones en este ámbito. Además de los numerosos hoteles en México DF, que los hay para todos los gustos, necesidades y precios, existen alternativas más versátiles, económicas y divertidas que te ayudarán a tener el viaje soñado.

Éstas son algunas posibilidades:

Hostales

Los hostales son la opción preferida por los viajeros que además de ahorrar, buscan un ambiente más jovial y ameno, en el que tengan la oportunidad de divertirse y conocer gente de todas partes del mundo. En los últimos años, se han hecho importantes esfuerzos por crear este tipo de alojamientos y remodelar los que ya existían, implementando mejores servicios y mayor seguridad. Un ejemplo es el Hostal Regina, en el que se ha rescatado la tradicional arquitectura colonial, combinándola con instalaciones y equipo modernos, para garantizar la comodidad de los huéspedes.

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Air B&B

La plataforma para contactar a particulares que rentan o buscan un espacio para hospedarse ya llegó a México y a pesar de las dudas que podría generar, sobre todo en materia de seguridad, la verdad es que hasta el momento ha funcionado bien. Para encontrar hospedaje, en la Ciudad de México y en muchos otros lugares del mundo, sólo tienes que crear una cuenta, elegir el destino al que viajas y comenzar a buscar entre cientos de ofertas de personas locales que rentan una habitación. Por lo general, las tarifas son más bajas que las de un hotel y en muchos casos, la renta puede incluir el uso de instalaciones como la cocina o la lavandería.

Coach Surfing

Esta es otra de las plataformas preferidas por los viajeros más osados, pues además de que el alojamiento es gratuito, las personas que lo ofrecen también están dispuestas a compartir algunos momentos con sus huéspedes para mostrarles su ciudad o al menos para darles recomendaciones y consejos. Como en el caso de Air BnB, también es necesario registrarse y crear un perfil, para poder ver las ofertas de los anfitriones. El “pero” que muchas personas podrán poner es la seguridad, sobre todo en una ciudad como la nuestra. No obstante, Coach Surfing México ha construido una comunidad de usuarios, que siempre está dispuesta a orientar a los nuevos miembros. Si tienes dudas de un posible anfitrión, siempre puedes guiarte por las opiniones de otros usuarios y hasta pedirles consejos, para tomar la mejor decisión.

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Música para la paz

La primera manifestación del poder unificador de la música que contemplé, por lo menos la primera que recuerdo, no fue una real. Con esto quiero decir que no se dio en un acontecimiento de mi vida o de mi entorno cotidiano, sino que fue parte de una serie de televisión. Sin embargo, el efecto no dejó de producirse.

El programa en cuestión era The Wonder Years (Los años maravillosos), un drama que la mayoría de quienes crecimos en la década de los ochenta, en los Estados Unidos y México por lo menos, recordamos de alguna manera. No recuerdo a detalle la trama del capítulo, pero giraba en torno a las protestas contra la guerra de Vietnam, que constituían el tema de actualidad en la época en que se ambientaba la serie (los años sesenta).

En la escuela a la que asiste el joven protagonista, Kevin Arnold (Fred Savage), se prohíbe que los estudiantes se manifiesten o hagan cualquier alusión a la polémica generada por la guerra. Sin embargo, al final del episodio todos los alumnos abandonan los salones de clase y salen al patio de la escuela, donde permanecen de pie, cantando “Give peace a chance”, de John Lennon. Lo que sí recuerdo es la emoción que sentí al ver esa escena, junto con el deseo de que me tocara vivir una época así.

Al crecer, conocer más de mi propia realidad e incluso participar en actos semejantes al que me había conmovido, me resultó cada vez más evidente la capacidad de la música para mover no sólo emociones, sino ideas y actos. Se canta en las marchas y protestas, como antes en las batallas; también se canta frente a los acontecimientos más devastadores y sombríos y, por otra parte, la canción y la música constituyen impulsos para la reflexión, el cuestionamiento y la protesta.

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Sobran ejemplos de este último caso, pero no hay que retroceder mucho en el tiempo para mencionar uno. Quienes asistieron ayer al concierto de Roger Waters en la Ciudad de México sabrán a lo que me refiero. El legendario líder de Pink Floyd cantó contra el muro de Trump, contra la negligencia de nuestras autoridades y contra el olvido, que amenaza con sepultar hechos ominosos, pero imprescindibles de recordar, como la desaparición forzada de los 43 estudiantes de Guerrero.

Con base en éste y cientos de casos semejantes en todo el mundo, más los que podemos extraer del ámbito de la ficción, la idea de que la música puede ser un motor para la comprensión, la unión y la paz resulta evidente. Sin embargo, hay propuestas por demás originales, que han dado un giro a dicha idea.

Una de ellas es la de William Soto, académico, activista y representante de la Embajada Mundial de Activista por la Paz. El Dr. Soto argumenta que la música debe tener un lugar central en la educación de los individuos, pues el escucharla y ejecutarla tiene efectos positivos, tanto en el desarrollo intelectual como en el emocional y moral de los seres humanos. Sin embargo, agrega que no toda la música tiene los mismos beneficios y sólo la que está en armonía con la naturaleza puede ayudar a formar personas con una mejor disposición hacia la paz.

De hecho, el grupo de músicos y especialistas que colaboran con la EMAP sostiene que hay una frecuencia de transmisión que permitiría emitir música en armonía con el planeta; ésta es la de 432 Hertz, a la que denominan “Frecuencia de la Paz”. Desconozco los fundamentos de dicha propuesta, pero lo que me parece más interesante es la idea de recuperar la educación musical como un elemento clave en la formación de los seres humanos.

Porque, en efecto, la música es capaz de tirar muros y abrir nuestros horizontes y expectativas, para que dejemos de ser “un ladrillo más en la pared”.

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Conciertos sustentables

A los colaboradores de este blog nos encanta ir a conciertos y con seguridad también a ustedes, nuestros queridos lectores. Aunque a veces existan fallas en el sonido o el espectáculo visual, la multitud no nos deje llegar al frente o las interpretaciones no se escuchen como en el disco, nada se compara con la emoción y adrenalina que se siente al unirse a miles de voces para entonar la canción favorita.

Como decía una canción infantil de mis tiempos, en la que un extraterrestre habla de lo que más le gusta de la Tierra, la música es lo mejor de este planeta; sin embargo, y para sumar a las innumerables tragedias humanas, la música y la forma en que la disfrutamos también están propiciando la destrucción de nuestro hábitat.

¿Han pensado en la cantidad de contaminantes y basura que se generan por la celebración de un solo concierto? Las cifras podrían medirse en toneladas. Y es que todas las actividades relacionadas con la organización y presentación del evento, desde la impresión de los boletos o la renta de aviones privados para trasladar a los intérpretes, hasta la venta de alimentos y bebidas el día del concierto, producen desechos o emisiones de contaminantes.

A lo anterior hay que agregar el impacto ambiental causado por cada asistente. Debido a la ineficiencia del transporte público y a la falta de rutas nocturnas, muchas de las personas que asisten a eventos masivos en países como México hacen uso de sus autos, porque de lo contrario no tendrán cómo regresar a casa en la noche. Lo anterior provoca tremendos embotellamientos en los alrededores de los centros de espectáculos, lo que a su vez incrementa las emisiones de carbono a la atmósfera.

También hemos de mencionar a los fans que, cobijados por la euforia, lanzan sus vasos y botellas al cielo, sin considerar dónde o sobre quién caerán, en vez de colocarlos en los contenedores instalados para desecharlos. Y ya entrados en detalles, podemos encontrar muchas otras fuentes de contaminación, como la generada por los servicios que se les brindan a los artistas o por las luces y efectos especiales del espectáculo.

Vistos desde una perspectiva ecológica, los conciertos ya no son tan fascinantes. De hecho, estas reflexiones dan pie a cuestionar la pertinencia de seguir organizando tales eventos, cuando nuestro principal objetivo debería ser la reducción del daño ambiental.

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Preocupada por estas cuestiones y sin duda también por la conservación de su negocio, la empresa Lotus, organizadora de festivales como Lollapalooza, ha desarrollado un modelo de organización enfocado en reducir la generación de contaminantes e impulsar prácticas de cuidado ambiental.

Durante la pasada edición de Lollapalooza, Lotus se fijó las metas de reciclar 90 mil botellas de plástico y 110 mil latas. También invitó a los asistentes a usar medios de transporte como la bicicleta, a compartir sus automóviles y a usar el transporte público para trasladarse al evento. De esta forma se buscaba reducir las emisiones de carbono.

Finalmente, Lotus estableció un convenio con la empresa proveedora de energía hidráulica, Pacific Hydro, por medio del cual adquirió bonos de carbono que neutralizaran su huella ambiental. De esta forma, Lotus hace que sus eventos sean más amigables con el ambiente y Pacific Hydro promueve el uso de energías renovables.

Ojalá que muchas otras empresas en la industria del espectáculo se sumen a iniciativas como éstas, para que así la música no sólo sea lo mejor del planeta, sino también lo que más lo beneficia.

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El mejor público del mundo

A veces, las cosas más irrelevantes desencadenan torrentes de recuerdos, que tienen la fuerza suficiente para llevarnos hacia tiempos y espacios muy distintos de los que actualmente transitamos.

Esto me sucedió el día de hoy, cuando al navegar por internet vi un anuncio, de esos que te persiguen por toda la web, en el que se promovía la venta de asientos para estadios (“Stadium Seats for Sale, para ser exactos, porque la página estaba en inglés).

El tema de los estadios me hizo recordar todos los conciertos a los que he tenido la fortuna de asistir. Algunos, lo digo sin exagerar, fueron la completa realización de un sueño; unos cuantos se quedan en la categoría de “esperaba más”; y otros fueron auténticas y muy gratas sorpresas.

Después me puse a pensar en que así como los fans nos convertimos en experimentados críticos, después de asistir a un espectáculo que, por más complejo y bien planeado que sea, nos muestra sólo una parte del trabajo artístico en cuestión, los músicos e intérpretes también habrán de hacerse una opinión del público que los escucha.

En más de un evento me ha tocado presenciar el momento en que dicha opinión se externa, y no siempre para beneplácito de la concurrencia. Un caso fue el concierto que Richard Hawley dio en Barcelona, después de su éxito en la clausura del Primavera Sound. Pese a que entonces demostró tener un buen número de seguidores catalanes, y uno que otro extranjero perdido por aquellos lares, como yo, se presentó en un foro pequeño, propicio para un íntimo y agradable recital.

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Personalmente, disfruto mucho esos espacios, pues no hay que pelear con uñas y dientes para llegar cerca del escenario y tener una vista más o menos aceptable del artista y tampoco hay que sufrir por las fallas de acústica. Sin embargo, esa “intimidad” puede jugar en contra de quien está sobre el escenario, pues así le resulta más fácil percatarse de todos los distractores que puede haber durante una presentación.

Eso precisamente le sucedió a Hawley, quien no pudo contener su descontentó y regañó a quienes ocupaban un palco y estaban más concentrados en la charla que en la música. Los demás le aplaudimos con fervor (yo detesto a la gente que se pone a platicar en el cine, el teatro, los conciertos y, básicamente, en cualquier lugar cerca de mí) y la música continuó sin más interrupciones.

En contraparte, también me ha tocado escuchar elogios del artista hacia los fans que se desgañitan por él. Y no lo digo con afán de presunción, pero donde con más frecuencia he vivido esta situación es en mi país. Lo menciono sin orgullo ni vanidad, pues por una parte esto se debe a que, como bien señalara Juan Pablo II, si algo sabemos los mexicanos es cómo armar el griterío. Por otra parte, es muy probable que la mayoría de las bandas digan que están frente al mejor público del mundo en cada uno de los foros donde se presentan.

Lo que sí he de reconocer (y miren que me chocan los prejuicios) es que las audiencias latinas transmiten una emotividad y crean un ambiente festivo difícil de replicar. Y no me refiero sólo a los países de nuestra América, sino a lugares como España, Italia o Portugal; digamos, para seguir con los clichés, que ahí las audiencias son más “cálidas” y efusivas, mientras que en los países germánicos o anglosajones rockean (¡sí que lo hacen!), pero procurando respetar de la mejor forma posible la ley de que dos cuerpos no pueden ocupar el mismo espacio.

En fin; creo que para quien tiene el privilegio de escuchar en vivo esa música que deleita, extasía e incluso salva la vida, el foro en el que se encuentre será el mejor de todos y él o ella formarán parte del mejor público del mundo.

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Todo por el Britpop

Si al final de esta vida tuviera que responder a una encuesta de satisfacción y en ella me preguntaran qué había sido lo mejor de mi experiencia, no dudaría en responder que la música y la literatura. Si después me dijeran que, a manera de souvenir, sólo podría elegir a una de ellas para llevarme al Más Allá, tendría un momento sumamente difícil, pero probablemente me quedaría con la música. Después de todo, las piezas con las que más me deleito son una maravillosa combinación de melodía y narrativa.

Como debe sucederle a la mayoría de las personas, o al menos eso quiero creer, las distintas etapas que hasta el momento conforman mi existencia, tienen bandas sonoras bien definidas. La de mi niñez podría describirse como ecléctica, pues en ella coexiste la discografía entera del Cuarteto de Liverpool, con las suaves notas del bolero y los ritmos contestatarios de la trova latinoamericano. Tal es el resultado de crecer con padres medio hippies, que también tenían sus momentos de nostalgia.

En la adolescencia y por influencia de la escuela católica bilingüe (la única buena influencia que me transmitió, creo yo), me decanté por completo hacia la música que proveía de las Islas Británicas. Explico esta reacción con base en el gusto que me producían las clases en inglés y el disgusto que me daba todo lo demás. Lo anterior me llevó a encontrar una especie de refugio en las letras que criticaban o hacían burla de modas, comportamientos y aspiraciones, que a mí me parecían muy similares a los de mi entorno y que me hacían sentir como E.T., sin un posible retorno a casa.

Una canción en particular me hizo sentir que, después de todo, sí podía tener afinidad con algo en el mundo, a más de que me animó a estudiar en serio el inglés; “Sorted for E’s and Wizz”, de Pulp. No fue la rola por la que conocí al grupo; al igual que millones de fans (vamos, admítanlo), me acerqué al célebre conjunto de Sheffield, Inglaterra, por el contagioso desenfreno de “Common People”.

Pero después de escuchar unas trescientas veces la canción que había grabado de la radio, pude al fin comprar el álbum en el que apareció (Different Class, 1995). Y ahí, en el track número 8, estaba esa canción que abría con el clamor eufórico de un concierto y me lanzaba frases que, si bien con un lenguaje y términos distintos, encontraban perfecta consonancia con otras que desde hace tiempo sonaban en mi cabeza; “I don’t quite understand just what this feeling is”; “And tell me when the spaceship lands / Cause all this has just got to mean something”.

A partir de entonces no paré de reproducir el álbum hasta que aprendí de memoria y comprendí (más o menos) cada pieza. En cierta forma, fue como leer un libro de cuentos, con doce historias de confusión, indiferencia, sueños rotos, aspiraciones vanas y noches perdidas en campos de Hampshire; y, claro está, de amor también. De ahí siguieron horas de romance con otros discos de la banda; días de nuevas sorpresas con Blur y Suede y luego un maravilloso salto a la década previa, con The Smiths. Naturalmente, también le iba dando forma al sueño de ver en vivo a esos precursores e iconos del movimiento que, tiempo después supe, la historia de la música denomina Britpop.

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Si en la hipotética encuesta de satisfacción al final de esta vida me preguntaran: “En una escala del 1 al 10, ¿qué tanto recomendaría esta experiencia a un amigo?”, acaso respondería con un 7. Y es que la susodicha experiencia es un vaivén de emociones, no apto para cardiacos, en el que muchos sueños se desbaratan, para luego recomponerse de formas insospechadas. No es que esto sea del todo negativo, pero refleja una falta de coherencia que hace imposible decretar un 10.

Cuando Pulp finalmente visitó mi natal Chilangolandia, yo tuve el buen tino de estar al otro lado del océano, trabajando en el cumplimiento de otro sueño pueril. Gracias a un pequeño festival de música en Italia y a la economía de los vuelos Ryanair (el VivaAerobus irlandés), pude verlos cuando esa gira llegó a Europa. Pero nunca sabré lo que fue ver a Jarvis Cocker sacudiendo el Palacio de los Deportes (un foro en el que cabrían varios escenarios europeos) o vociferar las líneas de “Disco 2000”, con los amigos que, en efecto, siguieron ahí después del cambio de milenio.

Pero un sueño cumplido es un triunfo, a pesar de las imperfecciones. Y al final de la vida, tampoco hay por qué ponerse demasiado severos con las evaluaciones. Yo, por ejemplo, sería capaz de aprobarlo y repetirlo todo, tan sólo por melodías como las del Britpop.

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Cosas más extrañas han pasado

Debo confesar mi más profundo desconcierto por el hecho de que aún me encuentre soltero y sin compromiso, aunque con perro, quien de hecho, me ladra. Y es que viendo el furor que actualmente desatan las tendencias, estilos y temas ochenteros, contaba con salir este año. En efecto, ¿qué más ochentero puede haber que alguien nacido justo al inicio de la década?

Pero no me quejo, con demasiada frecuencia, pues una de las varias ventajas de la soledad es poder sumergirse en la música, la lectura y las series, cuando y cuanto se quiera. Y ya que se me han juntado tópicos como el revival de los ochenta, las series y el ser inadaptado social, es inevitable referirse a la última sensación de Netflix, Stranger Things.

De hecho, es prácticamente imposible tener alguna conversación, por el medio que sea, sin que se cuele algún elemento de tan popular serie. No entender los cientos de referencias que día con día se hacen a ella es como no saber quién es el actual presidente de la república, en cuánto se cotiza el aguacate o cuál es el pronóstico del clima; sencillamente es quedarse sin tema para las pláticas más elementales.

Si para mis colegas, familiares y conocidos millennials, la serie ha resultado intrigante, cautivadora y espectacular, para mí ha sido, ante todo, nostálgica. Las bicicletas, las gorras, los chalecos de burbuja, los juegos tipo Dragons & Dungeons y la salvación del mundo en manos de los frikis; todo me devolvía hacia los primeros y definitivamente fascinantes años de mi vida.

No obstante, he de admitir que no fueron las referencias a Tolkien o a E.T. y los Goonies las que me capturaron, sino la música. Cuando en medio de la típica escena melosa entre adolescentes comenzó a sonar “Africa”, de Toto, supe que una vez más me había enganchado a una serie.

Cabe mencionar que la música es uno de los elementos que resultaron más atractivos, para las nuevas y viejas generaciones y en los próximos días se hará una presentación especial del mismo.

Mientras lo aguardamos, junto con más noticias de la nueva temporada y cultivamos la esperanza de que la pasión por lo retro al fin nos beneficie, dejémonos adormecer por los recuerdos.