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Todo por el Britpop

Si al final de esta vida tuviera que responder a una encuesta de satisfacción y en ella me preguntaran qué había sido lo mejor de mi experiencia, no dudaría en responder que la música y la literatura. Si después me dijeran que, a manera de souvenir, sólo podría elegir a una de ellas para llevarme al Más Allá, tendría un momento sumamente difícil, pero probablemente me quedaría con la música. Después de todo, las piezas con las que más me deleito son una maravillosa combinación de melodía y narrativa.

Como debe sucederle a la mayoría de las personas, o al menos eso quiero creer, las distintas etapas que hasta el momento conforman mi existencia, tienen bandas sonoras bien definidas. La de mi niñez podría describirse como ecléctica, pues en ella coexiste la discografía entera del Cuarteto de Liverpool, con las suaves notas del bolero y los ritmos contestatarios de la trova latinoamericano. Tal es el resultado de crecer con padres medio hippies, que también tenían sus momentos de nostalgia.

En la adolescencia y por influencia de la escuela católica bilingüe (la única buena influencia que me transmitió, creo yo), me decanté por completo hacia la música que proveía de las Islas Británicas. Explico esta reacción con base en el gusto que me producían las clases en inglés y el disgusto que me daba todo lo demás. Lo anterior me llevó a encontrar una especie de refugio en las letras que criticaban o hacían burla de modas, comportamientos y aspiraciones, que a mí me parecían muy similares a los de mi entorno y que me hacían sentir como E.T., sin un posible retorno a casa.

Una canción en particular me hizo sentir que, después de todo, sí podía tener afinidad con algo en el mundo, a más de que me animó a estudiar en serio el inglés; “Sorted for E’s and Wizz”, de Pulp. No fue la rola por la que conocí al grupo; al igual que millones de fans (vamos, admítanlo), me acerqué al célebre conjunto de Sheffield, Inglaterra, por el contagioso desenfreno de “Common People”.

Pero después de escuchar unas trescientas veces la canción que había grabado de la radio, pude al fin comprar el álbum en el que apareció (Different Class, 1995). Y ahí, en el track número 8, estaba esa canción que abría con el clamor eufórico de un concierto y me lanzaba frases que, si bien con un lenguaje y términos distintos, encontraban perfecta consonancia con otras que desde hace tiempo sonaban en mi cabeza; “I don’t quite understand just what this feeling is”; “And tell me when the spaceship lands / Cause all this has just got to mean something”.

A partir de entonces no paré de reproducir el álbum hasta que aprendí de memoria y comprendí (más o menos) cada pieza. En cierta forma, fue como leer un libro de cuentos, con doce historias de confusión, indiferencia, sueños rotos, aspiraciones vanas y noches perdidas en campos de Hampshire; y, claro está, de amor también. De ahí siguieron horas de romance con otros discos de la banda; días de nuevas sorpresas con Blur y Suede y luego un maravilloso salto a la década previa, con The Smiths. Naturalmente, también le iba dando forma al sueño de ver en vivo a esos precursores e iconos del movimiento que, tiempo después supe, la historia de la música denomina Britpop.

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Si en la hipotética encuesta de satisfacción al final de esta vida me preguntaran: “En una escala del 1 al 10, ¿qué tanto recomendaría esta experiencia a un amigo?”, acaso respondería con un 7. Y es que la susodicha experiencia es un vaivén de emociones, no apto para cardiacos, en el que muchos sueños se desbaratan, para luego recomponerse de formas insospechadas. No es que esto sea del todo negativo, pero refleja una falta de coherencia que hace imposible decretar un 10.

Cuando Pulp finalmente visitó mi natal Chilangolandia, yo tuve el buen tino de estar al otro lado del océano, trabajando en el cumplimiento de otro sueño pueril. Gracias a un pequeño festival de música en Italia y a la economía de los vuelos Ryanair (el VivaAerobus irlandés), pude verlos cuando esa gira llegó a Europa. Pero nunca sabré lo que fue ver a Jarvis Cocker sacudiendo el Palacio de los Deportes (un foro en el que cabrían varios escenarios europeos) o vociferar las líneas de “Disco 2000”, con los amigos que, en efecto, siguieron ahí después del cambio de milenio.

Pero un sueño cumplido es un triunfo, a pesar de las imperfecciones. Y al final de la vida, tampoco hay por qué ponerse demasiado severos con las evaluaciones. Yo, por ejemplo, sería capaz de aprobarlo y repetirlo todo, tan sólo por melodías como las del Britpop.

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Cosas más extrañas han pasado

Debo confesar mi más profundo desconcierto por el hecho de que aún me encuentre soltero y sin compromiso, aunque con perro, quien de hecho, me ladra. Y es que viendo el furor que actualmente desatan las tendencias, estilos y temas ochenteros, contaba con salir este año. En efecto, ¿qué más ochentero puede haber que alguien nacido justo al inicio de la década?

Pero no me quejo, con demasiada frecuencia, pues una de las varias ventajas de la soledad es poder sumergirse en la música, la lectura y las series, cuando y cuanto se quiera. Y ya que se me han juntado tópicos como el revival de los ochenta, las series y el ser inadaptado social, es inevitable referirse a la última sensación de Netflix, Stranger Things.

De hecho, es prácticamente imposible tener alguna conversación, por el medio que sea, sin que se cuele algún elemento de tan popular serie. No entender los cientos de referencias que día con día se hacen a ella es como no saber quién es el actual presidente de la república, en cuánto se cotiza el aguacate o cuál es el pronóstico del clima; sencillamente es quedarse sin tema para las pláticas más elementales.

Si para mis colegas, familiares y conocidos millennials, la serie ha resultado intrigante, cautivadora y espectacular, para mí ha sido, ante todo, nostálgica. Las bicicletas, las gorras, los chalecos de burbuja, los juegos tipo Dragons & Dungeons y la salvación del mundo en manos de los frikis; todo me devolvía hacia los primeros y definitivamente fascinantes años de mi vida.

No obstante, he de admitir que no fueron las referencias a Tolkien o a E.T. y los Goonies las que me capturaron, sino la música. Cuando en medio de la típica escena melosa entre adolescentes comenzó a sonar “Africa”, de Toto, supe que una vez más me había enganchado a una serie.

Cabe mencionar que la música es uno de los elementos que resultaron más atractivos, para las nuevas y viejas generaciones y en los próximos días se hará una presentación especial del mismo.

Mientras lo aguardamos, junto con más noticias de la nueva temporada y cultivamos la esperanza de que la pasión por lo retro al fin nos beneficie, dejémonos adormecer por los recuerdos.