El mejor público del mundo

A veces, las cosas más irrelevantes desencadenan torrentes de recuerdos, que tienen la fuerza suficiente para llevarnos hacia tiempos y espacios muy distintos de los que actualmente transitamos.

Esto me sucedió el día de hoy, cuando al navegar por internet vi un anuncio, de esos que te persiguen por toda la web, en el que se promovía la venta de asientos para estadios (“Stadium Seats for Sale, para ser exactos, porque la página estaba en inglés).

El tema de los estadios me hizo recordar todos los conciertos a los que he tenido la fortuna de asistir. Algunos, lo digo sin exagerar, fueron la completa realización de un sueño; unos cuantos se quedan en la categoría de “esperaba más”; y otros fueron auténticas y muy gratas sorpresas.

Después me puse a pensar en que así como los fans nos convertimos en experimentados críticos, después de asistir a un espectáculo que, por más complejo y bien planeado que sea, nos muestra sólo una parte del trabajo artístico en cuestión, los músicos e intérpretes también habrán de hacerse una opinión del público que los escucha.

En más de un evento me ha tocado presenciar el momento en que dicha opinión se externa, y no siempre para beneplácito de la concurrencia. Un caso fue el concierto que Richard Hawley dio en Barcelona, después de su éxito en la clausura del Primavera Sound. Pese a que entonces demostró tener un buen número de seguidores catalanes, y uno que otro extranjero perdido por aquellos lares, como yo, se presentó en un foro pequeño, propicio para un íntimo y agradable recital.

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Personalmente, disfruto mucho esos espacios, pues no hay que pelear con uñas y dientes para llegar cerca del escenario y tener una vista más o menos aceptable del artista y tampoco hay que sufrir por las fallas de acústica. Sin embargo, esa “intimidad” puede jugar en contra de quien está sobre el escenario, pues así le resulta más fácil percatarse de todos los distractores que puede haber durante una presentación.

Eso precisamente le sucedió a Hawley, quien no pudo contener su descontentó y regañó a quienes ocupaban un palco y estaban más concentrados en la charla que en la música. Los demás le aplaudimos con fervor (yo detesto a la gente que se pone a platicar en el cine, el teatro, los conciertos y, básicamente, en cualquier lugar cerca de mí) y la música continuó sin más interrupciones.

En contraparte, también me ha tocado escuchar elogios del artista hacia los fans que se desgañitan por él. Y no lo digo con afán de presunción, pero donde con más frecuencia he vivido esta situación es en mi país. Lo menciono sin orgullo ni vanidad, pues por una parte esto se debe a que, como bien señalara Juan Pablo II, si algo sabemos los mexicanos es cómo armar el griterío. Por otra parte, es muy probable que la mayoría de las bandas digan que están frente al mejor público del mundo en cada uno de los foros donde se presentan.

Lo que sí he de reconocer (y miren que me chocan los prejuicios) es que las audiencias latinas transmiten una emotividad y crean un ambiente festivo difícil de replicar. Y no me refiero sólo a los países de nuestra América, sino a lugares como España, Italia o Portugal; digamos, para seguir con los clichés, que ahí las audiencias son más “cálidas” y efusivas, mientras que en los países germánicos o anglosajones rockean (¡sí que lo hacen!), pero procurando respetar de la mejor forma posible la ley de que dos cuerpos no pueden ocupar el mismo espacio.

En fin; creo que para quien tiene el privilegio de escuchar en vivo esa música que deleita, extasía e incluso salva la vida, el foro en el que se encuentre será el mejor de todos y él o ella formarán parte del mejor público del mundo.