Música para la paz

La primera manifestación del poder unificador de la música que contemplé, por lo menos la primera que recuerdo, no fue una real. Con esto quiero decir que no se dio en un acontecimiento de mi vida o de mi entorno cotidiano, sino que fue parte de una serie de televisión. Sin embargo, el efecto no dejó de producirse.

El programa en cuestión era The Wonder Years (Los años maravillosos), un drama que la mayoría de quienes crecimos en la década de los ochenta, en los Estados Unidos y México por lo menos, recordamos de alguna manera. No recuerdo a detalle la trama del capítulo, pero giraba en torno a las protestas contra la guerra de Vietnam, que constituían el tema de actualidad en la época en que se ambientaba la serie (los años sesenta).

En la escuela a la que asiste el joven protagonista, Kevin Arnold (Fred Savage), se prohíbe que los estudiantes se manifiesten o hagan cualquier alusión a la polémica generada por la guerra. Sin embargo, al final del episodio todos los alumnos abandonan los salones de clase y salen al patio de la escuela, donde permanecen de pie, cantando “Give peace a chance”, de John Lennon. Lo que sí recuerdo es la emoción que sentí al ver esa escena, junto con el deseo de que me tocara vivir una época así.

Al crecer, conocer más de mi propia realidad e incluso participar en actos semejantes al que me había conmovido, me resultó cada vez más evidente la capacidad de la música para mover no sólo emociones, sino ideas y actos. Se canta en las marchas y protestas, como antes en las batallas; también se canta frente a los acontecimientos más devastadores y sombríos y, por otra parte, la canción y la música constituyen impulsos para la reflexión, el cuestionamiento y la protesta.

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Sobran ejemplos de este último caso, pero no hay que retroceder mucho en el tiempo para mencionar uno. Quienes asistieron ayer al concierto de Roger Waters en la Ciudad de México sabrán a lo que me refiero. El legendario líder de Pink Floyd cantó contra el muro de Trump, contra la negligencia de nuestras autoridades y contra el olvido, que amenaza con sepultar hechos ominosos, pero imprescindibles de recordar, como la desaparición forzada de los 43 estudiantes de Guerrero.

Con base en éste y cientos de casos semejantes en todo el mundo, más los que podemos extraer del ámbito de la ficción, la idea de que la música puede ser un motor para la comprensión, la unión y la paz resulta evidente. Sin embargo, hay propuestas por demás originales, que han dado un giro a dicha idea.

Una de ellas es la de William Soto, académico, activista y representante de la Embajada Mundial de Activista por la Paz. El Dr. Soto argumenta que la música debe tener un lugar central en la educación de los individuos, pues el escucharla y ejecutarla tiene efectos positivos, tanto en el desarrollo intelectual como en el emocional y moral de los seres humanos. Sin embargo, agrega que no toda la música tiene los mismos beneficios y sólo la que está en armonía con la naturaleza puede ayudar a formar personas con una mejor disposición hacia la paz.

De hecho, el grupo de músicos y especialistas que colaboran con la EMAP sostiene que hay una frecuencia de transmisión que permitiría emitir música en armonía con el planeta; ésta es la de 432 Hertz, a la que denominan “Frecuencia de la Paz”. Desconozco los fundamentos de dicha propuesta, pero lo que me parece más interesante es la idea de recuperar la educación musical como un elemento clave en la formación de los seres humanos.

Porque, en efecto, la música es capaz de tirar muros y abrir nuestros horizontes y expectativas, para que dejemos de ser “un ladrillo más en la pared”.

Conciertos sustentables

A los colaboradores de este blog nos encanta ir a conciertos y con seguridad también a ustedes, nuestros queridos lectores. Aunque a veces existan fallas en el sonido o el espectáculo visual, la multitud no nos deje llegar al frente o las interpretaciones no se escuchen como en el disco, nada se compara con la emoción y adrenalina que se siente al unirse a miles de voces para entonar la canción favorita.

Como decía una canción infantil de mis tiempos, en la que un extraterrestre habla de lo que más le gusta de la Tierra, la música es lo mejor de este planeta; sin embargo, y para sumar a las innumerables tragedias humanas, la música y la forma en que la disfrutamos también están propiciando la destrucción de nuestro hábitat.

¿Han pensado en la cantidad de contaminantes y basura que se generan por la celebración de un solo concierto? Las cifras podrían medirse en toneladas. Y es que todas las actividades relacionadas con la organización y presentación del evento, desde la impresión de los boletos o la renta de aviones privados para trasladar a los intérpretes, hasta la venta de alimentos y bebidas el día del concierto, producen desechos o emisiones de contaminantes.

A lo anterior hay que agregar el impacto ambiental causado por cada asistente. Debido a la ineficiencia del transporte público y a la falta de rutas nocturnas, muchas de las personas que asisten a eventos masivos en países como México hacen uso de sus autos, porque de lo contrario no tendrán cómo regresar a casa en la noche. Lo anterior provoca tremendos embotellamientos en los alrededores de los centros de espectáculos, lo que a su vez incrementa las emisiones de carbono a la atmósfera.

También hemos de mencionar a los fans que, cobijados por la euforia, lanzan sus vasos y botellas al cielo, sin considerar dónde o sobre quién caerán, en vez de colocarlos en los contenedores instalados para desecharlos. Y ya entrados en detalles, podemos encontrar muchas otras fuentes de contaminación, como la generada por los servicios que se les brindan a los artistas o por las luces y efectos especiales del espectáculo.

Vistos desde una perspectiva ecológica, los conciertos ya no son tan fascinantes. De hecho, estas reflexiones dan pie a cuestionar la pertinencia de seguir organizando tales eventos, cuando nuestro principal objetivo debería ser la reducción del daño ambiental.

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Preocupada por estas cuestiones y sin duda también por la conservación de su negocio, la empresa Lotus, organizadora de festivales como Lollapalooza, ha desarrollado un modelo de organización enfocado en reducir la generación de contaminantes e impulsar prácticas de cuidado ambiental.

Durante la pasada edición de Lollapalooza, Lotus se fijó las metas de reciclar 90 mil botellas de plástico y 110 mil latas. También invitó a los asistentes a usar medios de transporte como la bicicleta, a compartir sus automóviles y a usar el transporte público para trasladarse al evento. De esta forma se buscaba reducir las emisiones de carbono.

Finalmente, Lotus estableció un convenio con la empresa proveedora de energía hidráulica, Pacific Hydro, por medio del cual adquirió bonos de carbono que neutralizaran su huella ambiental. De esta forma, Lotus hace que sus eventos sean más amigables con el ambiente y Pacific Hydro promueve el uso de energías renovables.

Ojalá que muchas otras empresas en la industria del espectáculo se sumen a iniciativas como éstas, para que así la música no sólo sea lo mejor del planeta, sino también lo que más lo beneficia.

El mejor público del mundo

A veces, las cosas más irrelevantes desencadenan torrentes de recuerdos, que tienen la fuerza suficiente para llevarnos hacia tiempos y espacios muy distintos de los que actualmente transitamos.

Esto me sucedió el día de hoy, cuando al navegar por internet vi un anuncio, de esos que te persiguen por toda la web, en el que se promovía la venta de asientos para estadios (“Stadium Seats for Sale, para ser exactos, porque la página estaba en inglés).

El tema de los estadios me hizo recordar todos los conciertos a los que he tenido la fortuna de asistir. Algunos, lo digo sin exagerar, fueron la completa realización de un sueño; unos cuantos se quedan en la categoría de “esperaba más”; y otros fueron auténticas y muy gratas sorpresas.

Después me puse a pensar en que así como los fans nos convertimos en experimentados críticos, después de asistir a un espectáculo que, por más complejo y bien planeado que sea, nos muestra sólo una parte del trabajo artístico en cuestión, los músicos e intérpretes también habrán de hacerse una opinión del público que los escucha.

En más de un evento me ha tocado presenciar el momento en que dicha opinión se externa, y no siempre para beneplácito de la concurrencia. Un caso fue el concierto que Richard Hawley dio en Barcelona, después de su éxito en la clausura del Primavera Sound. Pese a que entonces demostró tener un buen número de seguidores catalanes, y uno que otro extranjero perdido por aquellos lares, como yo, se presentó en un foro pequeño, propicio para un íntimo y agradable recital.

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Personalmente, disfruto mucho esos espacios, pues no hay que pelear con uñas y dientes para llegar cerca del escenario y tener una vista más o menos aceptable del artista y tampoco hay que sufrir por las fallas de acústica. Sin embargo, esa “intimidad” puede jugar en contra de quien está sobre el escenario, pues así le resulta más fácil percatarse de todos los distractores que puede haber durante una presentación.

Eso precisamente le sucedió a Hawley, quien no pudo contener su descontentó y regañó a quienes ocupaban un palco y estaban más concentrados en la charla que en la música. Los demás le aplaudimos con fervor (yo detesto a la gente que se pone a platicar en el cine, el teatro, los conciertos y, básicamente, en cualquier lugar cerca de mí) y la música continuó sin más interrupciones.

En contraparte, también me ha tocado escuchar elogios del artista hacia los fans que se desgañitan por él. Y no lo digo con afán de presunción, pero donde con más frecuencia he vivido esta situación es en mi país. Lo menciono sin orgullo ni vanidad, pues por una parte esto se debe a que, como bien señalara Juan Pablo II, si algo sabemos los mexicanos es cómo armar el griterío. Por otra parte, es muy probable que la mayoría de las bandas digan que están frente al mejor público del mundo en cada uno de los foros donde se presentan.

Lo que sí he de reconocer (y miren que me chocan los prejuicios) es que las audiencias latinas transmiten una emotividad y crean un ambiente festivo difícil de replicar. Y no me refiero sólo a los países de nuestra América, sino a lugares como España, Italia o Portugal; digamos, para seguir con los clichés, que ahí las audiencias son más “cálidas” y efusivas, mientras que en los países germánicos o anglosajones rockean (¡sí que lo hacen!), pero procurando respetar de la mejor forma posible la ley de que dos cuerpos no pueden ocupar el mismo espacio.

En fin; creo que para quien tiene el privilegio de escuchar en vivo esa música que deleita, extasía e incluso salva la vida, el foro en el que se encuentre será el mejor de todos y él o ella formarán parte del mejor público del mundo.